A Leja le había costado mucho adaptarse a primer grado. Para el, eran muchas las horas que debía estar fuera de su casa. Leja extrañaba fundamentalmente a su mamá, aunque intentaba disimularlo frente a sus compañeros y maestros.
Sin embargo, con el paso de los días, Leja se fue adaptando al cole, comenzando a disfrutar de los juegos que se armaban en el recreo, al igual que de los cuentos que les leía la maestra de castellano, de la hora de artes plásticas, de las clases de canto y de la hora de educación física.
Mora le había asegurado que pronto dejaría de extrañar tanto y que estaría más contento.
Pero fue un hecho muy particular el que produjo un gran cambio en Leja respecto al valor que le daba al colegio, a sus maestras y compañeros.
Fue en el mes de julio, en uno de los días más fríos del año, cuando tuvo aquel gran susto, en oportunidad en la que su ahora amigo Marcelo, estando en el aula, se desplomo de repente cayendo de cabeza al piso. Cuando esto ocurrió, unos chicos se rieron pensando que se trataba de una broma, en tanto otros, corrieron hacia la maestra dándole aviso sobre lo que estaba pasando en el fondo del aula.
No habían pasado más de cinco minutos cuando un médico y un enfermero llegaron a la escuela en una ambulancia del hospital, en tanto Marcelo, ya un poco recuperado, tomaba pequeños sorbos de un té azucarado que le había acercado Violeta, nuestra amorosa portera.
Un rato después, el papá de Marcelo vino a buscarlo al colegio.
Algunos de nosotros pudimos ver por la ventana el abrazo largo y emotivo que padre e hijo se dieron en ese encuentro. Nos pareció un gesto lindo, aunque un poco raro.
Luego el papa de Marcelo saludo al Director, quien, mientras le tendía gentilmente la mano, le entregaba un sobre blanco junto a una colorida bolsa de compras del Supermercado.
La hora de clase estaba próxima a la llegada de su final. No habíamos hecho nada de lo previsto para ese día. La angustia y el alboroto seguían intactos dentro del aula. Todos estábamos aun preocupados por Marcelo. ¿Qué le había pasado? ¿Sería algo grave? ¿Volvería a estar bien? ¿Cuándo volvería a la escuela?
¡No se muevan de sus sillas! (ordeno amablemente la Señorita Manuela). Vuelvo en unos minutos. Voy hasta la Dirección para ver si puedo averiguar algo más sobre Marcelo…algo que pueda tranquilizarnos.
Apenas había un murmullo dentro del aula cuando la maestra transpuso la puerta con la cara cambiada. Se la notaba algo triste, pero a su vez tranquila.
Se paró en el centro del aula y nos dijo: Marcelo estará bien. El volverá mañana. Escuchen atentamente lo que les voy a contar. Es algo que deben saber, pero que no deben estar contándolo por ahí. Es algo que ustedes, los compañeritos de Marcelo, deben saber.
En el aula no volaba una mosca cuando la maestra nos contó: “Marcelo se desmayó porque hacia muchas horas que no comía nada. Su padre ha quedado sin trabajo hace ya tiempo, y lo poco que encuentra de trabajo día a día, muchas veces no resulta suficiente para toda su familia”.
Esto es lo que pasó, solo que en Marcelo la situación se complicó un poco más, por el hecho de que su valiente compañerito “corazón de oro”, esta mañana, obsequio a su hermanita la rodaja de pan que le tocaba a él.
Un silencio profundo abrazo a toda el aula, mientras que en algunos de nosotros comenzaron a correr sin disimulo algunas lágrimas por las mejillas.
La maestra volvió a hablar: Chicos, mañana debemos tratar a Marcelo como siempre; solo debemos mostrarle que estamos contentos por su regreso y por el hecho de que se encuentre bien.
El Colegio, junto con algunos de sus padres, se ocupará de ayudar a su familia. Los papas de Marcelo son jóvenes, fuertes y, además, son buenas personas. El problema es que ellos aún no han podido encontrarse con quienes necesitan de su trabajo. ¡Y en eso precisamente los vamos a ayudar! Lo vamos a solucionar, (dijo sonriendo nuestra dulce maestra).
Ahora vayan tranquilos al recreo. Vayan a jugar. Eso sí, les pido que en algún momento recen en secreto una oración pidiendo por el trabajo y la salud de Marcelo y su familia.
La mañana avanzo saltando de timbre en timbre hasta terminar con el día de clases.
En mi garganta se había instalado una especie de nudo, el cual después de tantas horas aún no se iba, y de mis ojos, cada tanto, una lágrima nueva insistía con querer salir.
A la noche, antes de acostarme, (esta vez acompañado por mi papá), rece por el abuelo Juan, por la paz del mundo y por Marcelo y su familia.
Antes de dormirme pensé en la escuela y en mi maestra. Finalmente, allí todo era como en casa, eran buenos, nos querían, nos cuidaban y enseñaban…Y si…ahora veía claramente que ellos también eran amigos de Dios.
Fabián E Sotelo