La tarde se ponía fría. El sol comenzaba a esconderse detrás los antiguos arboles de nuestra querida plaza.
Mora y Leja caminaban sonrientes por la vereda mientras tomaban el rico heladito que los abuelos Amalia y Pedro solían regalarle al finalizar el último día de clases de cada semana.
Al terminar el helado, los hermanos comenzaron a correr por los caminos internos de la plaza. Se trataba de una carrera que siempre ganaba Mora gracias a los dos años de ventaja que le llevaba a su hermano.
De repente, al pie de un árbol frondoso, tirado en el piso, vieron algo que parecía ser un nido. Los hermanos se acercaron sigilosamente, hasta que estando cerca, pudieron confirmar que se trataba de un nido, y que en su interior, se encontraban dos maltrechos pichones de pocas plumas, los cuales asustados, comenzaron a trinar con desesperación, llamando probablemente a su mamá.
Fue entonces cuando Leja hizo señas a sus abuelos para que se acercaran a ver el hallazgo.
Al llegar al lugar, viendo la situación, los abuelos resolvieron pedir una caja de cartón en el kiosco de Mataitis para poder transportar el nido junto a sus ocupantes hasta un lugar seguro, para poder entonces pensar en alguna solución que permitiera mantenerlos con vida.
Al llegar a la casa de sus nietos, los abuelos pusieron al tanto a los padre de los chicos, acerca de lo ocurrido.
Fue Mora, quien, con su instinto maternal, insistió en que debían hacer lo que fuera necesario para lograr que los pajaritos sobrevivieran hasta que, un día, pudieran vivir por su propia cuenta.
Los abuelos se despidieron de sus nietos y padres, deseándoles suerte en la difícil misión que ahora tenían por delante.
Los padres de Mora y Leja conversaron unos minutos entre ellos, luego de lo cual resolvieron que debían llamar a un veterinario. Fue entonces cuando Esteban recordó que, a dos cuadras, sobre una calle paralela a la suya, vivía un ex compañero de colegio que, siendo veterinario, se dedicaba a animales pequeños.
No habían pasado ni diez minutos desde que Esteban se comunicara con el veterinario, cuando escucharon que alguien llamaba a la puerta.
Y como en los pueblos no hay tanta inseguridad y aún no había oscurecido, Matilde camino rápidamente hacia la puerta, y abriéndola sin más trámites, recibió contenta a Carlos, el especialista en animales pequeños del cual estábamos hablando.
¡Hola Carlos! ¡Gracias por venir!! ¿Cómo están todos por tu casa? ¿Cómo está él bebe?
Carlos respondió: ¡Hola Matilde! ¡Hola Esteban! ¡Hola chicos! ¿Cómo están? ¡En casa todos bien…y Benjamín creciendo! Cada vez más vivaracho, gordito y risueño.
¿Y por acá que se cuenta? ¿Qué ha pasado que me han llamado con tanta urgencia? – (dijo guiñándole un ojo a Esteban).
¡Ah!! ¡Ya veo, han encontrado un nido caído de un árbol con dos pichones en su interior!!!
Mmmmm, gran problema.
¿A ver? Los voy a examinar de cerca para ver en qué estado se encuentran.
La casa quedo en silencio; los chicos, (ahora mudos), miraban con angustia la cara del Doctor, tratando de adivinar la gravedad de la situación de los compañeros de nido.
Finalmente, el Dr. llamo a todos a la mesa de la cocina, les pidió que se sentaran y escucharan con atención lo que les tenía que decir:
Primero: los pichones están bastante bien, pero debemos actuar con rapidez.
Segundo: ahora debemos darles unas pocas migas de pan humedecidas con jugo de frutas naturales.
Tercero: iremos al árbol del cual cayó el nido y fijaremos a una rama, una pequeña caja de madera con el nido y los pichones en su interior.
No hay mucho más que hacer. La mayor posibilidad de que los pichones se salven y crezcan, es que cuenten con la parejita de pájaros que los empollaron, y que puedan volver a su cuidado dentro de su irremplazable nido. Mañana habrá que verificar si sus papas aparecieron y ver que todo esté bien.
Los chicos respiraron alegres y emocionados. Sus papas luego de acompañar a Juan hasta la puerta, se pusieron manos a la obra junto a sus hijos, y en 20 minutos, la caja, el nido y los pajaritos alimentados, ya estaban sujetos a la rama más baja del árbol de la tragedia, que a partir de ahora lo llamarían: el árbol del nido caído.
Al llegar la noche, luego de comer una rica sopa de fideos redonditos y de colores, los niños se dirigieron a sus camas, las cuales por estar dentro de un mismo cuarto, se encontraban separadas por un pintoresco y divertido biombo que sus padres habían instalado, con la idea de acostumbrarlos a resguardar el tesoro de su intimidad.
Acompañados por Esteban y Matilde, los niños rezaron dos cortas y dulces oraciones, en las cuales, como siempre, recordaron a su abuelo Juan.
En esta noche tan especial, los niños también pidieron por aquellos pajaritos, rezando para que recuperaran a sus padres y así poder seguir creciendo en su acogedor nido.
Antes del beso de despedida, Mora pregunto a sus padres en voz alta: ¿Se salvarán? ¿Por qué no los dejamos en casa adentro de la caja?
Fue entonces cuando Esteban respondió: chicos, al igual que Uds., para estos pajaritos no hay mejor lugar para crecer, que el nido en el cual se pueden criar junto a sus padres. Ellos son quienes más los quieren en el mundo entero. Ellos siempre se preocuparán para que no les falte nada y en enseñarles cómo se debe vivir, para lograr que, estando fuertes, puedan un día dejar el nido para emprender sus propias vidas. El nido es su hogar, el nido es el lugar de protección y amor que necesitan para poder crecer y poder volar cuando llegue el día en que estén listos para hacerlo.
La luna entraba por la ventana. Mora y Leja se durmieron pensando en sus pajaritos.
Ellos se durmieron profundamente con la tranquilidad que da el tener la suerte de vivir en un hogar en donde tu familia te quiere, te cuida y te ayuda a crecer.
Fabián E. Sotelo