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Cuentos con Mora y Leja Cap. VII: El aseo personal y el cuidado de la salud
Viernes, 11 Septiembre 2026 18:06

Cuentos con Mora y Leja Cap. VII: El aseo personal y el cuidado de la salud

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En casa, siempre que resultaba posible, las compras de la semana se hacían en algún negocio del pueblo. Ni Leja ni yo entendíamos el motivo, hasta que un día mamá nos lo explico. Comprar casi todo en nuestro, pueblo es una forma posible y concreta de ayudar a los comerciantes de Capilla del Señor y a sus empleados. Se trata de un pequeño aporte que seguro los ayudaría a progresar, o al menos a salir a flote durante las etapas en las cuales al país no le va para nada bien.

Y fue así, que, al comenzar el año, mis padres se contactaron con una familia que se dedicaba a la producción de verduras y hortalizas, la cual, recién llegada a la zona, se había establecido en una casita muy precaria, ubicada a escasos metros del terreno en el cual sembraban los futuros alimentos, cargados de esperanza e ilusión.

Recuerdo que, al iniciar el año escolar, Leja y yo acompañamos a nuestros padres a comprar verduras a la plantación. Allí conocimos a Aurora, la hija mayor de esta familia, una niña de seis años, la cual se incorporaría a nuestro Colegio a partir de ese año.

Se notaba que los recién llegados no la estaban pasando bien. Según escuché, ellos habían sido víctimas de una estafa, a causa de la cual, lo habían perdido casi todo. Si…bien digo cuando afirmo “casi todo”, ya que, pese a lo ocurrido, se los veía unidos, llenos de energía y de buen ánimo.

La cuestión es que, al rato, volvíamos para casa con el baúl repleto de verduras. Yo le pregunte a mamá sobre el porqué de semejante compra, (¿acaso ahora viviríamos a pura sopa de verduras?), a lo cual mamá respondió con total naturalidad, que se trataba de una compra para nosotros y los abuelos, y cambiando rápidamente de conversación, nos dijo: ni bien lleguemos a casa, tenemos que revisar el estado de sus delantales; le aseguré a la mamá de Aurora, que mañana le estaría acercando uno para su hijita.

La última semana de vacaciones paso volando, y el lunes, a las ocho en punto, ya estábamos formados en el patio de la escuela cantando Aurora, mientras izábamos a nuestra querida bandera, la azul y blanca que creó Manuel Belgrano e izó por vez primera en las Barrancas del rio Paraná.

Grata fue la sorpresa en el primer recreo, cuando al cruzarme con la otra Aurora, vi que estaba de punta en blanco.

¡Su cabello, peinado bien tirante hacia atrás, se abrazaba con total perfección, a un moño color rosa pálido!

¡Sus zapatos brillaban como un espejo, en tanto su delantal resultaba hasta más blanco que el mío, pese a que lo estaba estrenando!

El año fue transcurriendo. Nuestra pequeña y nueva amiga siempre se presentó impecable, lo cual hablaba muy bien de ella y de su madre en particular. El orden y aseo que veíamos en la parte exterior de su persona, pudimos saber que se repetía en su interior, ya que Aurora resultó ser una alumna tan responsable como esforzada, buena compañera y muy sociable.

Durante ese año, Aurora no falto si quiera un día a la Escuela.

Me acuerdo que Leja le pregunto: Aurora, vos nunca te enfermas…ni siquiera un resfrío. ¿Tomas alguna vitamina?

No, respondió Aurora. Mamá dice que en casa todos estamos sanos porque a diario nos alimentamos con una buena cuota de frutas y verduras de estación, y que no existe mejor vitamina que aquella que nos da una buena alimentación.

Además, en casa, casi no consumimos alimentos procesados, ni golosinas, ni gaseosas, salvo en algún cumpleaños, aunque en forma muy medida.

Y fue casi a fin de año, a poco de culminar las clases, cuando papá nos preguntó con una sonrisa: ¿Y a ustedes que les pasa que ya casi no piden golosinas ni gaseosas durante la semana?

Con Leja cruzamos una rápida mirada de complicidad, mientras respondía: nada…no pasa nada papá…solo estamos tratando de cuidarnos un poco. Dicen que comer alimentos procesados con exceso de grasa o azúcar es malo para la salud, así es que, además de ser ahorrativos, dejamos esos gustos para algún cumpleaños durante el fin de semana.

Esa noche, antes de rezar junto a mi cama, le conté a papá que de Aurora habíamos aprendido a cuidarnos más respecto a lo que comemos, y que gracias a ella comenzamos a valorar más los beneficios de la pulcritud y el aseo personal, al darnos cuenta que el orden y la limpieza exterior, ayuda a alcanzar igual estado en nuestro interior.

Muchos años después de egresar como bachilleres, volví a cruzarme con Aurora. Recuerdo aquel día en el cual, al ingresar al hospital me topé con aquella chica de delantal blanco inmaculado.

Mi mayor emoción fue, cuando antes de abrazarla, pude leer que en su delantal, antes de su apellido, tenía bordada la palabra “Doctora”.

 

Fabián E. Sotelo