Es increíble lo que puede hacer el viento con la tierra. Puede crear formas y dejar tapado al más incauto.
Los pueblos van erosionándose y perdiéndose en las soledades y las ausencias que se ocultan en la partida.
Las casas bajas parecen perderse en los horizontes de fuego.
Huir es el camino cuando, de a poco, uno va perdiendo las raíces...
No recuerdo cuántas veces he partido del mismo lugar.
La misma ausencia.
El mismo sueño.
Hasta que una noche uno bebe todo de golpe.
Se emborracha y da pena.
Esa pena que te hace soportar a los muertos.
¿Cuántas veces he terminado así...
Derruido por la mugre,
apestado y con fiebre?
Uno se va queriendo morir
y aparece todo...
Hasta uno mismo...
Y la cobija te queda corta y se te enfrían los pies.
Y los ladrillos con diarios ya no calientan.
Y uno permanece despierto por siempre.
Y los miedos son así:
te convierten en vigía.
Si te dormís perdés todo.
Hasta lo que te quedaba de saliva.
Y llega la niebla y todo es confusión.
Hasta tu nombre.
Los rostros se confunden y uno se cree otro.
No distingue su propia alma
y duda de su existencia.
¿Alguien algún día
se acordará que existimos?
¿Vendrá con flores a delatar todo aquello perdido?
Y por fin
seremos todo aquello que sembró la tierra:
un pueblo lejano que se llevó el viento y la tierra...
Volviendo de a poco, mi cuerpo quedó petrificado en la inundación de septiembre. Amanecí entre unas ramas de ruda mezcladas con crisantemos. Mi cuerpo está seco, aunque mi ropa está desgarrada por doquier.
¿Algún ángel bajó a cuidarme o todavía el maestro no me quiere allá?
El agua me arrastró hasta esta cabaña de chapa negra y me depositó sobre su puerta. El olor a barro y agua estancada aún se conserva.
La puerta es de madera, remachada con chapa debajo. No tiene ventanas a simple vista.
Todo me obliga a entrar aunque no quiera. Es extraño pero simple: algo o alguien conduce mi instinto.
Trato de forzar la puerta. Mis manos hacen palanca, pero nada. Sobre un árbol veo un mango de pala de fierro. Con mis manos no llego. Con un esfuerzo enorme logro sacar mis pies del barro.
Le pego a la puerta sobre el picaporte oxidado y se abre. Una señal de la cruz y entro.
El lugar es oscuro, tal vez por la enorme vegetación de afuera. La humedad y el moho están en toda la casa.
Hay un santuario hecho sobre unos tirantes podridos: una imagen de la Virgen María de yeso y un crucifijo de madera colgado. Restos de velas sobre ellos.
Una foto clavada con un clavo que está negra de tanta tierra.
Se nota que el agua andaba siempre adentro porque todo está a un nivel alto del piso.
Debe ser terrible la situación de saber que, a pesar de los esfuerzos, todo se reduce a la espera.
Hay una escalera hecha de soga y fierros que conduce hacia arriba. Parece segura. Pego el tiro para comprobar y al hacerla caer, una especie de puerta abre otro espacio.
Sin dudar y de curioso subo con cuidado.
Asomo la cabeza y mis ojos se llenan de incertidumbre.
El espacio es luminoso. El techo está hecho de vitró con imágenes de santos y un círculo en el centro por donde el sol señala una cama.
Un pequeño armario con fotos, como collage. Velas de todos los tamaños. Todo huele a ciruela.
Bajo.
No era necesario ver más, ni transgredir ese lugar tan particular y extraño desde y hacia mis ojos.
Solo diré que la cama era una cuna vacía...
Lo que hace el tiempo con las cosas es una guerra fría entre interlocutores.
Uno debe saber hasta dónde es necesario indagar.
Yo reconozco a los amigos cuando preguntan "¿Cómo estás?" y no "¿Qué pasó?".
Hace frío. De esos de antaño. De esos que te perforan toda resistencia por escapar.
Robles es un pueblo sin muchos matices: blanco o negro, y tal vez algún celeste del cielo.
La gente anda viviendo.
Por eso esta pandemia del olvido no es rara para mí. Si recordar es quedarse quieto un rato, y aquí todo era "para hoy".
La historia no es para cualquiera, porque recordar te genera escarbar, y hay que tener uñas fuertes.
Había un caminito que nadie usaba porque atravesaba el cañaveral. Decían que a la hora de la siesta, en algún lugar, estaba el viejo de la bolsa. Entonces muchos rodeaban el camino a la vera del río.
Una tarde de esas de aburrimiento, el José y el Paco armaron dos gomeras con goma de bicicleta y horqueta de paraíso y decidieron —o decidió el Paco— ir a cazar al viejo de la bolsa.
Salieron apenas los padres del José emprendieron el camino al reino de Morfeo.
Hacía calor. El sol pegaba en la espalda y llenaba de sudor los lánguidos cuerpos del dúo.
En la entrada del camino cargaron sus gomeras con munición hecha de barro y secada al sol.
Las cañas medían dos metros y cubrían ambos lados del sendero.
El Paco cubría el flanco izquierdo y el José el derecho. Ambos caminaban despacio, hombro con hombro, y sus ojos se desplazaban viscos por el camino.
El primer ruido fue un quejido que retumbó en los oídos y ambos frenaron en punta de pie, dejando la marca de las zapatillas Flecha como publicidad sobre la tierra seca.
El segundo ruido fue como de tripas vacías y ya ambos no sabían si salir corriendo o enfrentar el peligro.
Sus gomeras apuntaron hacia el mismo sitio y se perdieron entre las cañas para no regresar nunca más.
La siesta es sagrada y cualquier sacrilegio es castigado.
Con el tiempo, y por las noches, si uno pasa cerca se siente el chicotazo de las gomeras. Y si uno no corre es alcanzado por algún proyectil de barro seco. Y en la siesta, según dicen, se sienten ruidos extraños de dientes mordiendo.
Cierro el cuaderno y pienso todo lo que extraño y extrañaré con el tiempo...
El perejil de regalo, lo líquido en botella de vidrio, el sabor de las Lincoln del kiosco del hospital, la espera del zarateño, los cumpleaños de canapés de paté de foie y las tortas con moscato. Y el tiempo que era mucho y tan monótono...
No hay mejor luna que la que uno recuerda con detalle,
ni mejor sol que el que se extraña de noche...
Héctor Acevedo