Miércoles, 13 Mayo 2026 10:26

Bitácora de Robles

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Yo venía de niño a esta casa a curar el empacho. A esa edad me daban mareos y, según la curandera, eran por esos bichos. La mujer ponía un plato sobre la mesa con agua y aceite, al que le agregaba pedacitos de hilo blanco. Lo sé, porque como requisito indispensable para la atención era llevarle un ovillo de hilo de ese color. Yo la miraba y ella movía la boca y el plato con la paciencia de Dios.

Me hacía sentar debajo de la parra mientras ella conversaba con el diablo. Así decía mi abuela: en la enfermedad se pacta con el infierno la cura; Dios es el mediador entre la oscuridad y el cielo.
Luego, terminada la cura, me decía si debía volver o no.

El caminito para volver pasaba por el campo lleno de cardos, al cual con un palo iba abriendo.
Qué sensación extraña produce el recuerdo: es como un hormigueo constante.
Allí estaba esa casa intacta, como si el tiempo la hubiera pintado para siempre.

Pero mi misión era verlo a M. Karla. No sé por qué los pies van donde quieren.
Frente a mis ojos, sentado sobre una silla de mimbre y madera, está él. El pelo le arrastra hasta el piso y se confunde con la negra salamandra tiznada; su cabellera es blanca como la cal.
En su mano se aferra a una foto. La mesa está plagada de papeles y un mapa del pueblo remarcado con fibra Sylvapen. Sus ojos apuntan al enorme espejo apoyado sobre la pared.
Pareciera que hace años está en esa posición.

“Karla”, le gritó. “Soy yo, Acevedo”. Pero no me responde. “Vivo está”, pienso. Intento tomar de su mano la foto, aferrada como tuerca oxidada al tornillo.
Después de varios intentos, ceden sus dedos.

Me muevo hacia la ventana.
En la foto estamos juntos en la Escuela Primaria Cuatro.
No entiendo qué hace con una foto nuestra, cuál es el motivo o el misterio que encierra este acertijo.
Al dar vuelta la foto veo que está escrita la siguiente frase: “A la memoria se la pesca con anzuelo de querencia”. No voy a negar que mis ojos se cristalizaron en agua

.

Aquí, parado en esta húmeda pieza, en la soledad de los recuerdos, voy a intentar reconstruir este pasado incierto.
La memoria no es más que un río seco que algún día Dios volverá a llenar.