Ya no recuerdo. El presente se encarga de destrozar los indicios, y aquí, montado en la impronta, veo cómo se cae el cielo.
Mirando, solo mirando, las comparaciones brotan de la lengua y remolinean el cerebro. Parado, destrozo todo lo antiguo para parecer hoy, que es como si ya no fuera mañana.
Ya los pasos se adelantan sobre mí, obligándome a correrlos para no olvidarlos. ¿Será cierto que nadie sobrevive en la memoria? Yo realicé un inventario de algunos sucesos, los até con cordón marrón y sobreviven en el fondo de la lluvia. Y, por las dudas, no le digo a nadie mis costumbres, no vaya a ser que alguno intente suicidarlos un domingo por la tarde...
Es verdad que la nada es el sonido del viento.
Que el vacío es el eco y resonancia de la duda.
Que la palabra es como un puñal que todo lo rompe.
Que los pies descalzos son el refugio de la tierra.
Que lo que das no es lo que recibes.
Que lo que construyes no es tan fuerte como tus sueños.
Que tus ojos irán más allá de lo que miras.
Que la noche y el día se besan siempre en su despedida.
Que lo que querés es lo que está lejos y lo que tenés está sobre tus hombros.
Que los fantasmas salieron de debajo de tu cama y ahora caminan a tu costado.
Que lo que lloras hoy, florecerá mañana.
Que lo que callas, prepara el terreno para la hazaña.
Que aquí, sobre la luna, el mar espera la llegada.
Es más y menos que la luz tus labios,
y más aún tu frente sobre la lluvia,
y solo tu cuerpo enfrentando,
y solo tu pelo huyendo,
y solo tu grito rompiendo...
Bajando por el terraplén de tierra está el campo de Matheus. Tiene forma rectangular y los cardos forman un pequeño monte gris.
Por aquí pasaron las tropas de Buenos Aires rumbo a la batalla de Puente Fierro.
Las noches anteriores acamparon por estos lares, ya que el lugar proveía visión y escondite.
La casona se encontraba a dos kilómetros del montesito, era alargada, tipo colonial. La rodeaban grandes árboles. A metros, el molino y una entrada de hierro con un campanario.
Hay una laguna en mí...
El lugar se conserva como una fortaleza. Hago una señal de la cruz, entro.
Me recibe una silla mecedora pegada a la ventana abierta. Mi mirada queda atrapada ahí. No tengo más remedio que sentarme. Desde aquí se puede ver todo el llano, todo el llano, todo...
...Humo... Estoy mojado de tanto correr. En mi mano, una bayoneta. Delante de mis ojos, el arroyito.
Mis compañeros gritan y encaran. Se pierden en el monte oscuro o los traga el agua... Yo sigo corriendo. Cañonazo ensordecedor... Caballos por los costados, cuerpos destrozados en el pasto.
Tengo que matar, tengo que matar para vivir. No quiero, pero debo: yo o el otro.
Me gritan para que tome el flanco derecho. Disparo. "Que no le dé a nadie", pienso. Ahora mi bayoneta golpea con la culata. El monte me quiere tragar, resisto, y una cortina de humo rodea el puente.
Soledad... Un hombre entre la niebla. No es amigo ni enemigo. De espaldas, viste un largo saco marrón.
—Dese vuelta —le grito—. ¡Dese vuelta o disparo!
El hombre gira muy despacio y veo a un hombre mayor, de unos ochenta años.
—Tuviste la oportunidad de disparar muchas veces, y siempre elegiste no hacerlo. Elegiste la vida. No cualquiera toma esa decisión. Los pueblos se deben respeto a sus propios paisanos. Nunca se debe derramar sangre hermana.
El rechinar de la mecedora. La noche en mí.
Me levanto despacio, con hambre. Enciendo la lámpara a kerosene.
Reviso la alacena, encuentro unos fideos moñitos. Pongo agua en la hornalla.
La noche es más larga cuando el recuerdo y la duda se sientan en la misma mesa.
Héctor Acevedo