Martes, 26 Mayo 2026 07:36

Bitácora de viaje

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Seremos al fin y al cabo huesos que se mezclan con la tierra, ojos cerrados, fría osamenta. Verás al fin que de nada sirve tu odio, de nada sirve el vuelo si no tenés a dónde posar el alma. Sentirás el frío, no lo dudes. Si el después también será el castigo, si nada en la nada, solo el viento como una voz lejana.

Anoche me soñé llorando. Quizás sea la angustia que resisto en el día y se presenta en el sueño. Muchas veces lo que soñamos es todo aquello que resistimos parados.

Desperté de golpe. El aleteo de un pájaro sacudió mis oídos. El fuego se había apagado y tengo que hacer otro. Lo difícil siempre es el comienzo; el medio y el final son consecuencias.

Deberían premiar o poner en el Olimpo al mate cocido. Es el mejor remedio contra el frío y el hambre.

Emprendo el camino de regreso. Ya el arroyo habló. Quizás sea el momento de investigar los campos de don Mahtéo.

Hago memoria.
Viniendo del puente, a la salida está la ruta. En frente, un quincho grande.
Caminando hacia la capital solo hay campo hasta encontrarse con una vieja sidrera. Siguiendo más adelante, una chanchera y la escuela.
Ahí nomás... "La Puñalada".

Este era un bar donde se hacían bailes los sábados a la noche. Tenía otro nombre, pero no viene al caso. Algunos lugares cambian de nombre cuando la comunidad los registra por hechos que sucedieron en el lugar.

Así fue en este salón: una noche de baile, entre cumbia y cumbias, hubo un intercambio de cuchillos entre dos gauchos, y uno tuvo más suerte que el herido. Desde ese entonces la muchachada bautizó ese lugar con ese nombre: "La Puñalada".

El lugar no era muy grande. Entrarían unas sesenta o setenta personas.
Los sábados se decoraban con globos o guirnaldas.
A eso de las diez de la noche caían los primeros, y para las doce estaba lleno.
Entre vinos y cerveza la gente se divertía. Mucho no se bailaba, porque por cada diez hombres había una mujer, y de esas diez, seis tenían novio, dos no bailaban, una era renga... y La Lorena. Así que imaginá la situación. Luego de beber toda la noche, los muchachos buscaban camorra para bajar la adrenalina, y casi siempre había peleas.

El lugar no tenía seguridad, salvo el hecho de que, como le dio el nombre al lugar, se conocían todos. Y si había pelea, se agarraban a las piñas y listo. Todo quedaba ahí, y al otro día andaban juntos de nuevo.

Pero la mayoría iba a esos bailes para ver a La Lorena, que era como la figurita difícil. Ella era una mujer de unos veinte años, flaca y alta. Tenía el pelo enrulado hasta la cintura y ojos color café. Llegaba al baile tipo once, siempre de minifalda y camisa blanca. Venía con La Renga Allmírez, que eran compinches.
Se sentaban al fondo y tomaban Cinzano.
Nadie las sacaba a bailar. Primero porque no se animaban, segundo porque nadie quería bailar con La Renga.
La cuestión era que ambas se pasaban toda la noche sentadas allí.

Una noche, de milagro, un muchacho recién llegado de Formosa fue al baile. Se llamaba Anselmo. Era muy flaco y alto. Se tomó unas legüi en la barra y tipo dos encaró para el fondo.
Los muchachos se reían porque sabían que La Lorena lo iba a sacar carpiendo.
La Lorena lo vio venir y se cruzó de piernas.
El flaco se para delante y estiró su mano hacia La Renga Allmírez, que de un salto estaba en los brazos de Anselmo bailando katunga.
La Lorena los miraba con un poco de celos.

El Negro Ñarrea, que sabía de oportunidad, se separó de los muchachos y encaminó al baño. Sacó su peine del bolsillo trasero, se peinó, acomodó su camisa y salió. Pero en vez de encarar para la barra, respiró hondo y fue a buscar a La Lorena. En esa épica batalla, el salón parecía una peregrinación a Luján.

Cuando llegó, La Lorena lo miró de arriba a abajo.
El Negro ya tenía ganas de abandonar, si no es porque La Lorena le regaló la sonrisa más linda.
"Mirás que sos corajudo", le dijo Lorena.
"Mirás que sos hermosa", le dijo el Negro ya en confianza.

Bailaron toda la noche y las noches que no había baile.
Después se casaron, pero esa es otra historia. Lo concreto es que desde esa noche los muchachos comprendieron que a veces las cosas no son como parecen y es cuestión de intentar.
Las historias también tienen finales felices, como antes de ir a dormir.

Parado frente a la feria, aquí se hacían las grandes fiestas del campo, donde se vendía ganado y todo el pueblo andaba de bombacha y alpargata.
La madera se conserva, aunque el lugar está vacío.
Antes de que me agarre la niebla fabrico una carpa con mi cobija. De las soledades se aprende a desensillar en el lugar correcto.

Ahora sobre el cielo caen tantas estrellas como fuegos artificiales. La noche regala misteriosos hechos...