Viernes, 29 Mayo 2026 18:37

Bitácora de viaje Parada Robles

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..Cierra la boca.
Sella los labios.
No digas nada.
No pregones.
Haz una cruz con dos dedos.
No hay más que decir.
No hay resurrección de la verdad.
Admite el silencio.
Soporta la fuerza de la lengua.
Desvía los ojos.
Detén el aliento.
No digas la condena.
No hables de tu suerte.
Soporta la pregunta.
Evade el pecado.
Mantén la calma del deseo.
Si logras derrotar la tormenta, mañana hablarás de tu propia libertad.

Porque llorar no es de hombres, porque llorar no es de hombres. En el calabozo, el Juan.
No podía ser verdad. “Hay algo que no cierra”, decían en el pueblo. “¡Juan!... No, mijo”, decía la Ñaata. “A este cristiano le hicieron pisar el palito”.

Pero era así: al Juan se lo había llevado la milicia acusado del asesinato de la Gloria. Lo habían encontrado borracho dentro del rancho, con la bombacha ensangrentada y una cuchilla del tamaño de un machete. Borracho como casi siempre. Digo casi, porque los domingos no bebía y era el primero en la misa que se realizaba en la escuelita del Arroyo.

Pero fue así: lo sacaron de los pelos y lo pasearon por el pueblo en la carreta del Mario, mientras algunos le gritaban cosas y le tiraban cáscaras de papa y de naranja. Y el Juan lloraba como un niño.

En el calabozo, todas las mañanas le tiraban un balde de agua fría, y de vez en cuando caía el comisario a darle sus buenas tundas.
Afuera, la gente ataba cabos de cómo había sucedido el hecho, que nadie vio, pero como para el chisme siempre hay tiempo.

Don Justino dijo que el Juan había estado hasta las diez, aproximadamente, que había bebido solo un vaso de caña porque al otro día era domingo y debía estar fresco para la misa.
El Jorge dijo que se lo cruzó tipo once caminando para la casa. El Juancho lo vio cerca de la una, borracho. De ahí para adelante, nadie sabía nada.

Pero así era el asunto: el Juan estaba en el calabozo y ya ni comía. La única palabra que se le escuchaba era “Máma”, que sonaba como un alarido dentro y fuera de la celda.
Muchos de los guardias salían a tomar aire, porque era una tortura escucharlo, y a muchos se les caían las lágrimas. Nada se podía hacer. Era el único sospechoso, y aunque muchos pedían que lo largaran, el comisario estaba firme en su decisión. De la boca para afuera, porque por dentro tenía remordimiento.

En esos días, debajo del paraíso se había venido a vivir un croto. Entre ropa y cajas se había hecho su casita y andaba pidiendo por el pueblo.
Al primer día ya le habían puesto sobrenombre: “Sapa”, porque decirle “saparrastroso” era muy largo. Así andaba Sapa recorriendo el pueblo de punta a punta, juntando basura y pidiendo comida.

El Juan seguía sin comer, y la gente se empezó a preocupar. Le llevaban de todo a ver si algo le tentaba, pero nada. Todo terminaba en la panza del comisario o de los guardias.
El Juan no hablaba. Había nacido con esa dificultad y se comunicaba con señas. La única palabra que decía era “Máma”, y a todo le ponía ese nombre. Su madre murió al nacer, y había quedado a guarda de doña Flora, la abuela, ya entrada en años y postrada en la cama.

Una mañana vino el cura a visitar al Juan. Nunca andaba entre semana el párroco, solo venía los domingos, pero esto era un caso especial: el Juan.
Llegó temprano, tipo siete de la mañana, y lo recibió el comisario entre sueño y mal vestir. Lo acompañó a la celda de Juan y se fue, sin antes dejarle la pava caliente y un mate de calabaza. Estuvo toda la mañana rezándole. Tipo doce se fue.

El Juan seguía igual, doblado como en posición fetal.
Ya la noticia era el comentario de todo el partido y de ciudades vecinas.
La prensa titulaba: “Máma, el asesino del silencio”.

Pero el Juan se moría, y nada se podía hacer más que esperar.

La mañana del 9 de Julio, un guardia trajo ante el comisario al croto Sapa.
Al rato llegó mucha policía del centro, a caballo y en carretera. El comisario montó su carabina al hombro y saltó al sulky. La gente vio el desfile desde sus casas sin entender nada. Rumbearon para el monte. A poco de dos horas volvieron con el Anastasio Cuz, un peón de estancia que había llegado hacía unas semanas a levantar cosecha. Lo traían lleno de moretones y con una herida en el brazo derecho.

La gente se agolpó en la comisaría a ver qué pasaba. Después de varias horas, entre lágrimas sale el comisario con el Juan entre brazos:
“Este cristiano es inocente”, dijo, y la gente estalló en gritos.
Y Juan, con la poca fuerza que le quedaba, en un suspiro dijo “Máma” y cayó.

Esa noche fue la helada más grande en el pueblo. Congeló todo durante días.
Nadie supo nada más del comisario ni de los guardias.
Del Sapa se dijo que era un policía encubierto.
Del crimen salió en el diario que el Anastasio Cuz había matado a la chica y que había inculpado al Juan, engañándolo.

Pero, ¿para qué saber más? ¿De qué servirían los detalles ahora? Dejémoslo para las crónicas policiales.

Por mi parte, me queda en el tintero las formas, las despedidas y, por sobre todas las cosas, las acusaciones sin sentido, el silencio.
Yo miro al cielo, siempre miro al cielo pidiendo perdón por los que no tienen voz....

La pucha que hace frío, “Máma”....


Héctor Acevedo